¿? - ¡NO! - Dijo de un grito este, mientras el pequeño con cabeza baja y hombros caídos se devolvía a paso recogido a su sitio con un aliento de preguntar, no menor que el que usó su verdugo en vida para reprimirlo. El pequeño, como se veía al caminar por la senda del desarrollo personal desde la adultez de quien lo retracta, vivía siempre pululando entre gordos signos interrogantes, solitarios y a la vez sedientos de verdad, porque más que hambre era sed lo que su alma sentía frente a la sequedad de la desierta mente de su tutor, no falta de conocimiento, sino de entendimiento para trasplantarlo.
Supo él que estaba en la arista del abismo del atraso disfrazado con desfataches de ego y alevosía en un vestíbulo de ironía, pues el miserable que se creía locutor del status quo del pequeño, usó la verdad de forma tan sádica queriendo “elevar” su superioridad, acabando con la de su crío. Pero el necio hombre pareció no quedar muy convencido de su fastidioso alardeo, pues con una mirada de odio, o repugnancia, miró de un latigazo al pequeño que con dinamita existencial hervía su interior.
Veía a su hermano tirado a la diestra de su madre con la misma complicidad con la que los jorobados arropan a su necesidad; parecían libres, tranquilos, mientras él, con una fuerza que pretendiera obligarlo a implotar y no resistir la incomprensión, sólo se preguntaba, únicamente, de todo. Su cuna, su mundo, era todo; todo un mundo donde únicamente existía su desnudez infantil y el éter.
-Si tan sólo hubiese otro yo para poder compartir preguntas. Sólo eso, preguntas; hacer comprender mediante preguntas y ojalá, ¿por qué no?, conocer más preguntas- pensaba, mientras meditaba únicamente sobre el conocimiento tan deseado encerrado en esos dos personajes jorobados de tales curvas que lo seducían con cierta pasión como podría ser la misma en un púbero novicio que acaba de conocer el sexo, o en una situación más solitaria, la masturbación.
De su mundo no conocía más sino la mirilla a un mundo desconocido donde habitaba su anterior hogar: el vientre materno. ¿Es acaso tan difícil explotar unos interrogantes para ver un universo de conocimiento que el amor pueda abrir? Apasionantes eran las partículas que suplían el cerebro del pequeño que desmintieron el amor sexual hasta que éste logró, no calmar, sino situar el movimiento que conoció a lo largo de tanta desesperación y desgasto melancólico buscando un saber tan prohibido por quienes se hacían llamar discípulos de la verdad. ¡Atrevidos! – pensaba el desarraigado joven al descubrir la ya sospechada verdadera esencia de lo cierto, algo que no cambia en su ahora mundo, algo que no teme ni a la vejez ni al tiempo, pues ni la roza, y que además es el tiempo el que le teme a la verdad pues con él se van bajos, sucios y sinsentidos pensamientos.
Joven como lo es ahora lee en los ojos malvados de la religión, en especial la descendiente de Cristo, la mismísima que le han metido a juro toda su vida en remedos de libros, un dios. Que es precisamente la verdad lo que ha dado muerte a la farsa de los hijos de puta que en su dictadora y autodenominada divinidad han aterrorizado al mundo de forma ciega e hipnotizante destrozando de modo sangriento a sus pequeños amigos: ¿?. Entonces es cuando se da cuenta que es sólo el amor lo que no tiene prejuicios para respetar sus interrogantes y no le deforma esa masilla que está en transformación para terminar siendo su ser, que es el amor lo único que lleva a la verdad.
Con su amor al lado, rodeado de sueños reales a causa de un complot armado por el amor, por la verdad, que en un solo suspiro, gritó para la eternidad la compañía de quien lo ama y lo respeta con total sinceridad. La que en un amén consiguió siendo ella misma la respuesta de todo llevando sobre su existencia el amor dedicado a él llevando de mano su naturaleza real, preguntar para conocer la verdad.